Cervatillo.

cervatilloCon frecuencia recorro las pistas, veredas, cañadas y caminos de San Lorenzo, de El Escorial y sus alrededores, unas veces en bici y otras caminando.
Las laderas de Abantos y el Puerto de Malangón, la calzada romana hasta Zarzalejo, los caminos hasta el pantano de Valmayor, el Camino Viejo de el Escorial hasta Villalba,  pasando por Monesterio  con sus nidos de cigüeñas, por poner algunos ejemplos.


De un tiempo a esta  parte he ido viendo la proliferación de cercas, alambradas y verjas con las que están cerrando el perímetro a todo tipo de fincas,  grandes,  pequeñas, incluso parcelas en aparente abandono.
Hubo un tiempo  que pensé que el motivo de esas inversiones, era proteger al ganado que pastaba en las fincas y evitar que accediesen a comerse el pasto de los terrenos colindantes y viceversa. Pero con algunas excepciones, pocas son las fincas donde se ve ganado, luego la razón debe de ser otra, cuya motivación se me escapa.

 

Ahora es muy difícil recorrer un camino sin estar  rodeado de una alambrada o algo parecido.  Se va acrecentando la sensación de que te encuentras en un carril cercado y vigilado.
Años atrás se decía para realzar el sentido de una acción imposible, que ‘’era como poner cercas al campo’’.
Hoy ese paradigma ha desaparecido, y el campo se encuentra compartimentado, y los humanos, que identificamos  las alambradas y el daño que pueden causarnos(aunque no comprendamos su propósito), tenemos mucha más suerte que otros animalillos que pululan a nuestro alrededor.
Viene esto a cuento, porque hace unos días estaba dando un paseo por el camino que va desde la Carretera de la Presa hasta la segunda Horizontal, justo detrás de la presa del Romeral, a la salida del pueblo, cuando vi a un pequeño cervatillo (no se si tiene algún patronímico propio) que estaba enganchado en la alambrada que delimita el camino, por su parte sur.

 

Había introducido la cabeza por una de las cuadriculas de alambre, una de sus patas delanteras en otra, y una pata trasera en  otra.
Se sacudía con sus pequeñas fuerzas y emitía unos gemidos como un bebé. Que es lo que era, un bebé de ciervo.
Con mucho cuidado procedí  a desenredarlo y comprobé que a simple vista no tenía ninguna lesión importante, al tacto pude comprobar que tenía solo piel y huesos, se percibían sus costillas y  su pequeño corazón latía a toda velocidad y mientras sentado en el suelo le acariciaba el lomo, pensaba  que podría hacer con él.
Tengo hijos, y cuando le miré a los ojos, percibí la misma mirada de mis niños cuando eran pequeños, había una mezcla de curiosidad y sorpresa, no de miedo  y me entró una gran  congoja al pensar  que la decisión que tomara influiría decisivamente en su vida.
Finalmente decidí que estaba cerca de su hábitat, que es el que compartimos, había agua limpia  y supuse que su madre estaría cerca, mirándonos desde detrás de los árboles, así que opté por dejarle que se fuera libre.
Sin pensárselo dos veces, el cervatillo salió corriendo en dirección al arroyo, allí se paró, miro hacia donde yo estaba y rápidamente volvió a correr.  Le perdí de vista entre los matorrales.
Durante varios días he pensado en él y en nosotros.
Cuando era un niño la primera película que vi fue Bambi y todavía recuerdo la angustia que sentí cuando perdió a su madre, y este era igual que él, con  pequeñas pintas blancas en su lomo. No creo que pesase ni dos kilos.
¿Cómo se tenía que sentir cuando al ir correteando por el monte, sin saber porqué se encuentra atrapado en algo que  era invisible para él.?
¿Cómo nos sentiríamos  nosotros si nos sucediese lo mismo?
 Que desorientación y que angustia tenía que sentir ! y con qué ansias llamaba a su madre ¡ que, quien sabe, si a lo mejor estaba ya muerta víctima del certero disparo de algún cazador.
Tenemos a nuestro alrededor un  paisaje extraordinario, una flora y un bosque, que solo la inteligencia y la voluntad de los  hombres que nos han precedido, ha hecho brotar en lo que antes era un erial, o un pedregal árido y yermo y ese bosque está llenándose de vida, poniendo al alcance de nuestra vista a los más bellos animales que podamos imaginar, y que mirarlos, observarlos de cerca, es de las cosas más gratificantes que podemos hacer.
Y se me ocurre, que de igual manera que aquellos que se empecinaron en que hubiera bosques en el Monte Abantos, es ahora,  nuestra generación y las venideras las que nos tenemos que  empecinar en cuidar  la vida que el bosque genera, y  la tenemos que proteger, por el sentido de lo humano, por el sentido de la belleza, y aunque sea por un motivo egoísta, porque forma parte de nuestro patrimonio y de nuestro futuro.

 

 

 

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